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sábado 20 julio 2019
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Apuesta por la sanidad apícola

Desde hace unos años, las colonias de abejas de muchos países sufren un proceso de debilitamiento y mortalidad que se asocia a un proceso múltiple: enfermedades y parásitos, intoxicaciones, estrés por interrupciones en los recursos alimentarios o cambios en las condiciones climáticas. Si bien hace tiempo que se analizan estos aspectos para intentar poner freno a este descenso de la producción apícola, ahora se ha adoptado una medida en el ámbito comunitario, con la que se prevé entender mejor esta compleja situación.

Se pretende establecer medidas armonizadas de los programas de vigilancia, a través de la designación de un laboratorio de referencia, y una mayor coordinación de propuestas de investigación. Esta iniciativa se inscribe en el plan europeo de gestión de riesgos para la salud animal, en el que se incluyen los laboratorios de referencia como apoyo científico y técnico a la Comisión. En este contexto, la Comisión Europea acaba de designar al laboratorio francés ANSES Sophia-Antipolis como centro de referencia para la salud de las abejas.

Principales objetivos
Las actividades del laboratorio, de amplio alcance, abarcan todas las enfermedades de las abejas y misiones como:

  • Proporcionar apoyo científico y técnico a la Comisión Europea para aplicar programas de vigilancia.
  • Coordinar el uso de métodos de diagnóstico de las enfermedades de las abejas.
  • Mejorar, desarrollar e impulsar nuevas herramientas de diagnóstico.
  • Informar a los laboratorios nacionales de referencia sobre los nuevos métodos de control.
  • Recopilar y difundir información sobre enfermedades de las abejas: endémicas, emergentes y exóticas.
  • Realizar experimentos y pruebas de campo para mejorar enfermedades específicas de las abejas.
  • Colaborar con los laboratorios de terceros países y con la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE).

Medidas de control como ésta tienen la finalidad de proteger la salud de los consumidores, pero también de las abejas, consideradas “centinelas del ambiente”. Su actividad está relacionada con la “salud” de las plantas, además de la producción agrícola y de miel. Por tanto, uno de los principales objetivos del laboratorio de referencia es estudiar los factores que causan mayor mortalidad de las abejas, como las enfermedades por parásitos o las intoxicaciones por plaguicidas. Uno de los estudios se basará en el ácaro “Tropilaelaps” y el escarabajo de la colmena “Aethina tumida” para hacer un diagnóstico fiable de su incidencia.

Los riesgos de la miel cruda
Aunque las ventajas de la miel son numerosas por sus cualidades nutricionales, deben tenerse en cuenta ciertas consideraciones antes de consumirla cruda. La miel es el néctar que se obtiene de forma directa de las flores, por lo que es evidente que puede contener sustancias químicas que hayan llegado en algún momento u otro a las flores. Puede contener esporas de “Clostridium botulinum”, causante del botulismo, una intoxicación alimentaria que tiene efectos sobre el sistema nervioso. Las personas más predispuestas a esta enfermedad son los niños y los mayores.

Las colonias de abejas de muchos países sufren un proceso de debilitamiento y mortalidad que se asocia a un proceso múltiple: enfermedades y parásitos, intoxicaciones, estrés por interrupciones en los recursos alimentarios o cambios en las condiciones climáticas

En adultos, apenas se detectan riesgos derivados del consumo de miel cruda, aunque debe tenerse especial cuidado con la procedencia. En ocasiones, las abejas toman la miel de flores que pueden ser tóxicas para el ser humano. Y es que este alimento crudo no se ha sometido a procesos de purificación, aunque en ocasiones se cuele o filtre para eliminar algunas impurezas de origen natural. Entre ellas se incluyen pequeñas trazas de polen, cera de abejas u otros fragmentos de sedimentos que, por otra parte, no plantean un riesgo para la salud de las personas.

¿CÓMO CONSERVAR LA MIEL?
Botes de vidrio, cerámica o plástico. La miel puede conservarse en cualquiera de estos envases, aunque el vidrio es el material preferido, siempre y cuando el envase se pueda cerrar de forma hermética. La miel tiene la capacidad de absorber partículas de muchos metales y algunos plásticos, de ahí que no deba conservarse en envases de este tipo, ya que los ácidos de la miel pueden provocar la oxidación de los mismos. El lugar donde se almacene debe ser frío, protegido de la humedad y de la luz del sol, aislada también de aromas fuertes debido a su tendencia a absorber olores y humedad. Este alimento se deteriora cuando se expone a la luz durante largos períodos de tiempo.

No es necesario que se almacene en el frigorífico, ni tampoco que se congele. Una vez almacenada, puede cristalizarse y adoptar un color más oscuro, un fenómeno natural que no indica deterioro. La miel tiene una vida útil muy larga gracias a su alta concentración de azúcar. Si la miel se cristaliza, se puede disolver de nuevo de forma suave al baño maría, sin que se sobrecaliente. El calor podría alterar el sabor y el color como resultado de la caramelización de los azúcares.

Gracias a su composición química, con un bajo contenido de agua y un pH de 3 a 4,5, las bacterias y otros microbios no pueden prosperar en ella. Por tanto, si se procesa, envasa y almacena bien, la miel tiene una vida útil muy larga. Uno de los factores importantes de almacenamiento en la temperatura, que debe oscilar entre 18ºC y 24ºC.

Fuente: http://www.consumer.es
Fotos: SXC